Enero 12, 2003

El Papa Juan Pablo II nos sorprendió, el pasado mes de octubre, al publicar un documento importante sobre el Rosario y al proclamar, el año que discurre, desde octubre del 2002 a octubre de 2003, como el Año del Rosario. Esta iniciativa es coherente con su invitación a entrar en el nuevo milenio, contemplando el rostro de Cristo (cfr NMI 16). Ahora, con el Rosario, el Papa nos exhorta a contemplar el misterio salvador de Cristo en compañía de su Madre, la Virgen María.

En la oración del Rosario, ella nos estimula a recordar, a comprender, a configurarnos, a orar, a anunciar a Jesucristo. Porque en el Rosario se van contemplando, con María, los diversos pasos de la vida de Jesucristo: desde su Encarnación hasta la glorificación de su Madre. Desde esta perspectiva, el Rosario “conserva toda su fuerza y sigue siendo un recurso importante en el bagaje pastoral de todo buen evangelizador” (n.17).

Pero la sorpresa más agradable ha sido la intuición creativa del Papa al incorporar a los tradicionales misterios de gozo, de dolor y de gloria, los “misterios de luz” que nos permiten “contemplar también los misterios de la vida pública de Cristo desde su Bautismo a su Pasión” (n.19). Si bien todo el misterio de Cristo es luz, su dimensión más luminosa se manifiesta, sobre todo, en su vida pública, cuando Cristo, con obras y palabras, anuncia el Reino de Dios. El Papa señala cinco momentos significativos de la vida pública de Jesucristo que podemos contemplar de forma especial, como “misterios de luz” del Rosario: el Bautismo de Jesús, las bodas de Caná, el anuncio del Reino de Dios con la invitación a la conversión, la Transfiguración y la institución de la Eucaristía. Son momentos significativos de la vida pública de Jesucristo que nos ayudan a enriquecer la contemplación de su misterio.

El Rosario es una oración muy rica que posee la sencillez de una oración popular pero, también, la profundidad teológica de una oración adecuada para quien siente la exigencia de una contemplación más intensa. Y la Iglesia ha visto siempre en el Rosario una especial eficacia, al confiar las causas más difíciles a su recitación perseverante. El Papa, convencido de esta eficacia del Rosario, le encomienda ahora dos intenciones singulares: la paz y la familia.

Como dice el Papa, “una oración tan fácil y, al mismo tiempo, tan rica, merece ciertamente ser recuperada”, porque nos ayuda a profundizar en el misterio de Cristo. Desde la experiencia personal de la belleza del Rosario, ¡hagámonos todos unos diligentes promotores de esta sencilla y eficaz oración mariana!.

+ Francesc Xavier, Obispo de Lleida